Sobre la transparencia en las instituciones

MADRID

Autor: El Roto. Fuente: El País.

Hace unas semanas, durante la serie de comparecencias en el Congreso programadas para explicar el hundimiento de Bankia, al público español le fue permitido vislumbrar una ventana a otro mundo. Cuando Rodrigo Rato, Presidente de la entidad durante sus momentos críticos, explicaba que no existía un agujero de miles de millones de euros, sino “un cambio en los criterios contables”,  estábamos observando un pequeño trozo de una realidad que existe a diario detrás de puertas que jamás podemos abrir. Todo lo que se dijo en esas comparecencias, esenciales no solo para comprender la verdad, sino también para la dignidad de toda una generación de personas que ven su futuro evaporarse, fueron versiones subjetivas de un debate que nunca escuchamos. Todas fueron discursos politizados, que no comparten el mismo marco de significado que el de la mayoría de la población, sus ánimos y sus necesidades. Y de ahí la frustración de muchos, como, por ejemplo, la del joven diputado Garzón, de Izquierda Plural, que insistió varias veces en una respuesta humana -quizás sin saberlo- a la dramática estafa de las preferentes o las manipulaciones del Euribor. En sus preguntas estaba cifrada toda la angustia del país.

Esta incapacidad de dar una respuesta satisfactoria y humana, me hizo considerar que el problema esencial de nuestra sociedad radica en una cuestión de sentidos, de lenguajes y en definitiva de mundos de significado. Es más profundo que una serie de políticas, financieras, económicas, regionales, globales o morales: es el problema de una ideología que se ha estirado hasta el límite de perder cualquier esencia humana que le dotaba de sentido. Es al mismo tiempo algo lingüístico: la búsqueda meta-funcional de rebajar un diferencial, de cuadrar un memorándum o invertir un porcentaje – incluso de llegar a un acuerdo- son ya acciones completamente desgajadas y desnaturalizadas con respecto a su verdadero origen: un mundo de valores y de significados basados en lo local, y en lo humano. Queda más claro si se tiene en cuenta el verdadero cometido del sistema representativo de velar por los intereses populares, supuesto lugar de residencia de la legitimidad política. Volviendo a los clásicos, en su crítica a la democracia Max Weber sostenía que el sufragio universal y los partidos políticos hacían que el parlamento pierda definitivamente su papel como lugar de debate: la discusión se traslada al interior de los partidos y el mandato representativo se vuelve el imperativo de sus reglas internas. Gracias a este movimiento sutil pero enormemente significativo, los representantes pasan a gestionar unicamente sus intereses y la política pierde la conexión con su fuente.

Por estas y otras cuestiones entendí, y por fin del todo, que es inútil pedir explicaciones. Hace demasiado tiempo que hablamos en otro idioma, hace demasiado tiempo que a nosotros nos llega solo el de la competencia por los votos, el del liderazgo plebiscitario que realmente mueve a la democracia representativa.

Si esto es así, ¿se puede de verdad conectar estos mundos, siendo el uno secreto por naturaleza, con el tan alabado concepto de transparencia? La respuesta no es sencilla pero al final me parece que la respuesta es un si con condiciones. Transparencia en el gobierno (o en cualquier otra organización, pública o privada) no solo significa que todos los reportes, actas, subvenciones, acuerdos y boletines oficiales puedan ser accesibles al público, también significa que deben ser explicadas, o mas bien, según esta linea de pensamiento, traducidas o reconectadas.

La clave está en que las barreras de acceso a esa información deben ser lo más bajas posible. Es decir, la información tiene que ser fácilmente localizables y estar explicada en un lenguaje claro, aportando contexto, repercusiones y antecedentes no solo para el ciudadano medio, inexperto, sino para todos aquellos que no comprenden esta falta de conexión entre mundos antes hermanados. Es muy importante por lo tanto, tener en cuenta que estas barreras no hacen referencia únicamente a el hecho de tener que encontrar esa información, sino también a las capacidades interpretativas desiguales de los ciudadanos que acceden a ellas, tanto culturales, como intelectuales o de formación. La transparencia tiene que hacer referencia a esta universalidad de acceso ciudadano.

Este matiz – el que la transparencia no es el simple hecho de que sea algo sea público- debe ser la vara de medir para todos aquellos que abusan de este concepto. En otras palabras, no es lo mismo que un ciudadano deba enviar una carta de solicitud a una administración para solicitar la revisión de tal o cual documento (en el peor de los casos), a que tenga a su disposición una agencia de información especializada, online y también offline, con noticias actualizadas sobre lo que las instituciones van haciendo público, o haciendo todos los trámites necesarios para que estas lo hagan.  En un caso utópico, esta agencia sería un servicio público y un derecho constitucional irrevocable: representa el derecho a saber, necesario para el buen gobierno y para recuperar esa base soberana apartada sistemáticamente por la evolución de la democracia representativa. No hay que olvidar que parte del diagnóstico de Weber decía que la población en estos sistemas se haría cada vez mas apática políticamente. Me parece que esta puede ser una manera de abordar el problema.

Obviamente, para que algo así llegue a cumplirse, aunque sea parcialmente, hace falta algo más que la buena voluntad y disposición de las instituciones -algo que, por otra parte, existe pero pasa desapercibido-: se necesitan grupos de personas motivadas, así como un sistema alrededor del cual organizarse. El resto se puede discutir, tanto las vías para aplicarlo como las formas concretas de su organización interna y externa.

Lo que si está cada vez más claro, sin embargo, es que el sector público ya no siempre puede ser designado con ese adjetivo, y que la transparencia, más allá de la posibilidad de consultar documentos del discurso político se ha vuelto casi incompatible con el buen gobierno. Al mismo tiempo, como el sector privado, movido por el ánimo de lucro y coaccionado por el mercado, no puede estar interesado en ofrecer un servicio de estas características, solo queda la intervención ciudadana directa, a través del único medio de comunicación que todavía se puede considerar libre: Internet. Esto se puede hacer mediante una disposición activa en el ámbito político, el trabajo institucional o el filtrado, también activo, de informaciones internas relevantes de ese mundo que ya no puede ser explicado por sus actores y que solo puede ser mostrado para nuestra comprensión: una forma de alerta ciudadana más necesaria que nunca en España. De muchas maneras el proyecto de la Associated Whistle-blowing Press (AWP), a la cual pertenece este espacio virtual, se asienta sobre estas creencias y busca llevarlas a cabo poniendo un peldaño en el camino hacia esa utopía.

 

 

Short URL: http://whistle.is/?p=221

Posted by on Aug 20 2012. Filed under Español. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. You can leave a response or trackback to this entry

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